¿Te imaginas tener que pagar un impuesto por llevar barba? Pues no te lo imagines

Aunque ahora parece que ya no está tan de moda, hace no mucho el llevar barba era casi como una obligación social para los hombres, gracias al fenómeno conocido como "hipster", que hizo que allí donde se mirara que había un hombre, las barbas fueran las reinas. Pero no a todo el mundo le gusta la barba y sí, hay también una fobia para esto, la pogonofobia; no es algo que nos hayamos inventado ahora… el mismo zar de Rusia, Pedro el Grande llegó a estar tan en contra del pelo facial que puso un impuesto a aquellos que llevaran barbas. No obstante, aunque el asunto puede parecerle una banalidad, tenía sus poderosas razones para hacerlo.

La Rusia del siglo XVII era casi tan grande como lo es en la actualidad, pero con nula fuerza a nivel internacional, con una sociedad rural y pobre alejada de lo que ocurría en otros países y de la modernidad.

Cuando Pedro el Grande accedió al poder en 1696, decidió viajar por Alemania, Francia e Inglaterra y así aprender sobre sus sociedades y sobre barcos. Fue un visionario y por eso se le llama “El Grande”, ya que transformó la sociedad rusa rural en una más moderna y creó San Petersburgo (ciudad de Peter/Pedro), porque quería que Rusia tuviera una gran ciudad portuaria.

Pero para que este desarrollo se produjera, Pedro el Grande impuso a su corte toda una serie de reformas, con la intención de dar una imagen más occidental. La idea era que la aristocracia sirviese de ejemplo para sus súbditos, empezando por la vestimenta.

Los jóvenes, más abiertos a cambios y novedades que los mayores, enseguida adoptaron los nuevos estilismos, pero los adultos no estaban tan dispuestos a ceder ante las nuevas tendencias. Una de esas costumbres ancestrales que los nobles rusos no estaban dispuestos a admitir era la de raparse las tradicionales y largas barbas, barbas que los hombres mantenían en sus caras desde que se casaban, debido a que para ellos era algo sagrado. Según ellos, había muchos ejemplos en la Biblia sobre las barbas y, sobre todo, la historia de Sansón, el cual perdió su fuerza con el corte de su pelo.

Pedro I, ante la negativa de una parte de su corte (los boyardos) a admitir ningún cambio modernizador, decidió ponerlos a la moda por fuerza, imponiendo toda una serie de gravosos impuestos a los que mantuviesen su barba. No hace falta decir que, en cuanto les tocaron el bolsillo, jajajaja, las pelambreras faciales cayeron como las hojas en otoño. La verdad es que llevar barba, fueras o no noble (el impuesto valía tanto para los pobres como para los ricos), no era exactamente barato.

Según la documentación que nos ha llegado hasta la actualidad, los ricos empresarios tenían que pagar 100 rublos al año, la gente de la corte y militares, 60 rublos, los ciudadanos de Moscú, 30 rublos y los campesinos, que no tenían para pagar una tasa anual, tenían un peaje de 2 medios kopek (un kopek, vamos) cada vez que entraban ¡o salían! de las ciudades. Si tenemos en cuenta que un rublo de aquel entonces valdría hoy unos 12 euros y un kopek valdría 0,12 euros, ¡imaginad la pasta que les costaba ser barbudos!

De esta forma, a las puertas de las ciudades más grandes de Rusia, los funcionarios del zar controlaban que la gente vistiera según la etiqueta impuesta por Pedro el Grande. Los que habían pagado su impuesto enseñaban una ficha especial en plata (que siempre tenían que llevar encima, vamos, como el DNI :)) que demostraban que estaba al corriente de pago. ¿Y si se negaban a pagar? Sencillo... se les rapaba la barba en público, quisieran o no. Para algunos era tan doloroso desprenderse de ellas, que las recuperaban cuidadosamente para que fueran incluidas en sus ataúdes, ya que pensaban que no entrarían en el cielo si no tenían sus barbas con ellos en el momento de su entierro.

El impuesto a las barbas se mantuvo hasta 1772 y sirvió para que el zar Pedro I forzara a la población a modernizarse, así como para minar el poder de los aristócratas más reaccionarios, que se oponían a su acercamiento hacia las potencias occidentales. 

Pero no fue sólo Pedro El Grande el que impuso este impuesto.

Anterior a él, en 1535, el rey Enrique VIII de Inglaterra, que llevaba barba él mismo, implantó un impuesto sobre la barba. Se trataba de un impuesto graduado, cuya cuantía variaba con la posición social del contribuyente, que después eliminó. Y yo me pregunto: ¿él lo pagaría? Su hija, Isabel I de Inglaterra, viendo la gran cantidad de dinero que se recaudaba, reintrodujo el impuesto, gravando todas las barbas de más de dos semanas.

Los que tenían mucho dinero estaban dispuestos a pagar por lucir la barba, y la pagaban precisamente para que todos supieran, con sólo mirarles a la cara, que tenían suficiente dinero como para no preocuparse por pagar esa tasa, por tonta que fuera.

También Alejandro Magno prohibió las barbas en su ejército. La medida la tomó después que sus tropas perdieron varias batallas contra los persas porque estos les agarraban la barba, los hacían caer de sus cabellos, los capturaban o los degollaban. 

Como veis, los impuestos absurdos y las modas de apariencia ya vienen de lejos.